Queridos feligreses:
El Hijo de Santa María de El Socorro nos convoca de nuevo. Los Güimareros,
hombres y mujeres, de ayer, hoy y mañana, deseamos ardientemente, que llegue el
mes de septiembre, el mes de Ntra. Sra. de El Socorro.
Un mes muy especial, donde
las casa se hacen pequeñas, para acoger a los devotos con diversas experiencias, con
multitud de problemas, dificultades, pero con muchísima esperanza y Fe en La Señora,
que hace posible cada año el milagro de convocar a miles y miles de peregrinos, para
que en un ambiente de alegría, fiesta y devoción, todos seamos hijos de una misma
madre, hijos queridos, de Ntra. Sra. de El Socorro, Hijos de Dios.
“María no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente
cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer
que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela
muchas veces un rostro hostil. Es en cambio una mujer que escucha”, nos dice el Papa.
María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida
en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección
que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres:
está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el
primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente
sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.
Todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una
Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza,
incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en el misterio
de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo.
En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús ha regalado a todos
nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón:
“Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza.
Que estos días sean especiales para cada uno de nosotros, sin olvidarnos nunca
de los más desfavorecidos. Colaboremos todos para tener unas fiestas en paz y armonía,
nunca para dividir, sino unir. Para ello hay que demostrar, y cumplir con los valores
cívicos y religiosos, que nos enseñan nuestros mayores, respetándonos todos y respetando
a todos. No todo vale, ni todo está permitido. La Fe nunca nos enseña a ir contra
la dignidad y el respeto del ser humano.
“Madre de El Socorro, ruega por nosotros”

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